Manifiesto de Midas mes del teatro

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Cuando el primer ser humano se irguió, se vio a los ojos con los demás que le rodeaban y
se preguntaron ¿qué es esta vida? ¿de dónde viene ese destello gigante que nos ilumina
cada día?, desde que se hicieron conscientes de su condición diminuta en este universo,
pero también de su importancia en el ciclo vital del mundo, cuando se asombraron de toda
la maravilla que les rodeaba y no supieron dar una explicación inmediata, cuando supieron
reconocer la fuerza vital creadora que habita la inexplicable inmensidad del universo y que
se materializa de mil formas en nuestro mundo, cuando reconocieron la finitud e
insignificancia de su humanidad frente a la creación que les rodeaba, pero a la vez también
fueron conscientes de que su existencia era tan importante como esa fuerza creadora y que
algo de ella habitaba dentro de sus cuerpos, desde que lo vieron, lo sintieron y empezaron a
elevar sus rostros -seguramente teñidos- para agradecer con un canto onomatopéyico, con
movimientos rítmicos ajenos a su cotidianeidad de caza, con una personificación de esa
fuerza para poder ponerle un rostro semejante, para tenerla más cerca, para enviarle un
mensaje directo a la unidad creadora de todo, por medio de la encarnación de esa idea en
este colectivo humano; desde ese momento, tenemos todo que agradecer al teatro y
seguimos en pie de gratitud.


Aunque las visiones y los tratamientos que se le han dado al teatro han pasado por lagunas
y desiertos, hay una condición que hace que el teatro de cada presente permanezca en
directo contacto con el teatro del pasado, una condición transversal infranqueable, que une
al teatro del pasado y hasta del pasado del que ya no tenemos más certeza que la intuición
humana, con el teatro de cada presente, hay una condición intrínseca del teatro que
permanece como un hilo uniendo a ese primer despertar humano de personificar a la fuerza
creadora madre con el teatro de cada presente, es la condición ritual multisensorial de
convivencia extracotidiana directa entre seres humanos, en otras palabras, la condición
inalienable del teatro es el contacto humano en situación de representación e interpretación
a través del arte sin muros divisorios entre los humanos, sin intermediarios… solo el
humano con el humano en un vaivén de creación en el arte, unos, creadores desde la
disciplina, otros, receptores activos y vivos que toman insumos para sus propias
cotidianidades, para que estas tengan un poco de divinidad.
Este 2020, con su pandemia, sus limitaciones sociales y su desconcierto de salud hizo que
esta condición se alterara, que se pusiera en discusión, la convivencia sin intermediarios se
vio obligada a guardarse, se silenció el rito humano del arte teatral y pareció que los
hacedores se paralizaron en el desconcierto de no saber qué acciones tomar.
¿Qué haríamos ahora que la convivencia era un riesgo de salud física? ¿Qué es el teatro
sin esa condición ritual multisensorial de convivencia extracotidiana entre seres humanos?
¿Es posible que a falta de esa condición, que hemos dicho ya, inexorable del teatro, este
corra el riesgo de morir?


Definitivamente no es así, el teatro y sus condiciones de convivencia se alteraron por un
breve momento en la vida humana, tomando en cuenta el tiempo de existencia del teatro, a
estas alturas es bastante apresurado y falto de “fe” el creer que por dos años de falta de
obras teatrales, el teatro va a mutar su forma, es iluso creer que dos años pueden cambiar
la condición medular vital del teatro, es bastante centrista además, creer que ESTO que nos
pasa es lo más relevante y significativo desde hace muchos años de historia humana, por
supuesto que será un momento que se recordará por generaciones, el tiempo en el que el
teatro se silenció en su aspecto más concreto y visible: las puestas escénicas, claro que se
hablará de los cierres de temporadas teatrales, de espacios que desgraciadamente ya no
volvieron a abrir sus puertas para albergar montajes teatrales, pero será una de esas etapas
evaluativas de nuestro quehacer, no se generan mutaciones significativas en tan poco
tiempo, además no es natural frente a una experiencia que lleva con nosotros desde que
somos seres humanos, ¡sería una locura pensar que las formas esenciales del teatro
cambiarán por este corto tiempo! ¡hacen falta millones de años de una situación o
necesidad constante para que nuestro cuerpo adopte nuevos órganos evolucionados!, creer
que el teatro cambiará su condición esencial porque es lo más grande que hemos vivido
como seres humanos, es subestimar enormemente lo que el teatro es para el ser humano.
Cuando dejan una casa olvidada, sin atención durante años, la naturaleza reclama su
territorio y sin necesidad de cuidado humanos, se extiende a sus anchas sobre el concreto,
toma entre sus hojas y raíces todo aquello cuanto le pertenece, sin temores, sin preguntas,
solo toma lo que es suyo. De igual forma pasará más que pronto con el teatro, en el primer
momento de retorno a la convivencia humana, este saldrá con nuevas luces, con el rostro
grabado de quienes no creyeron en su alma incorrupta y se lanzaron a querer obligarlo a
vivir en un espacio frío, ajeno, distante y bidimensional, el teatro resurgirá
sin complicaciones medulares, como la vida misma con un segundo de exposición al sol,
con la claridad de quienes lo respiran con respeto y quienes lo usan como abalorio en el
primer momento de duda. Este tiempo nos deja la más profunda reflexión sobre nuestro
teatro, ¿qué entendemos por teatro en este presente? ¿Realmente lo desahuciamos con
tanta facilidad al primer momento de crisis, duda o desestabilidad?, ¿es tan fácil entregarlo
a las fauces del momento -sea por modas, crisis políticas, económicas o crisis de salud- y
lavarnos las manos en la “necesidad”?
Lo más importante de este momento es salir fortalecidos con la capacidad de la autocrítica,
para saber qué se ha hecho por el teatro en las últimas décadas para que esta pandemia
nos encontrara como nos encontró.
Con mayor o menor comodidad de escuchar la verdad, este tiempo tuvo que habernos
acercado a los detractores de nuestra forma de ver al teatro para reflexionar en lo que
estamos haciendo de él, en cuáles son las propuestas de valor que se están gestando a su
alrededor, en sí lo hemos visto durante toda nuestra vida como una terapia sanadora, una
herramienta para alcanzar otras metas, una plataforma comercializadora de compra venta,
una carrera que aporta la reputación social de extravagante, sensible, “diferente”, único y
original o sencillamente por una incapacidad de poder desarrollar cualquier otra disciplina.
Nos guardamos los pensamientos críticos, reflexivos y a veces hasta angustiosos, de qué
se entiende por teatro para los que se dedican a esto y en qué tan distantes nos podemos
ubicar de esa condición ritual multisensorial de convivencia extracotidiana directa
entre seres humanos.
El teatro no dejará de ser lo que ha sido en su esencia desde hace miles de años, porque
los pasajeros somos nosotros, el teatro nos sobrepasa y nos ha visto ir y venir tratando de
desentrañar sus secretos, nosotros somos los mudables, los ligeros, los efímeros que se
“adaptan” a lo que les parezca más sencillo de manejar, a lo que nuestra diminuta
comprensión humana nos permita, a pesar de ser un producto de esa diminuta comprensión
humana, el teatro y el arte en general, es lo que se nos ha permitido conservar como
humanidad para seguir en contacto con lo divino.
Estamos aquí. Seguimos aquí.

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